Esperando es que se ha ido creando. Esperando con la quietud propia de todo entendimiento inquieto que espera tan solo esperando a que las imágenes salgan cuando tengan que salir, con su impulso y su tara, con su rebullir. En silencio y silencio. Las imágenes surgen del momento y por eso cuando se espera el tiempo pasa lento y seguro, cargado de humanos, incapaz de ser aprehendido, pasa y nos hace cada vez distintos. Pasa el tiempo y la espera va ejecutando. Se espera crear, se espera cuando se está creando, se espera pensando y se espera no sólo en tiempo sino también en deseo y se espera en facto. El hacedor hace y como artista hace esperando porque memoriza las cosas que le rodean, las mira y se detiene; vuelve sobre los elementos su tiempo, los mensajes recibidos, las imágenes entregadas, el pan de cada día y sus uñas que crecen. Se ejecuta así porque la realidad abruma con su peso y su cantidad, y él, como hacedor, se percata de su cuerpo y desde ese mismo momento ella, en silencio, espera de nuevo llegar a ser. Se ha creado una vez más.

La primera visión del propio cuerpo ahora como mujer aparece con el ímpetu de la juventud y el temor de la misma; el cuerpo que se baña y se viste, la piel que se entrega y se recibe y la sensación del silencio interno de lo desconocido se manifiestan como fragmentos de un mismo todo. Son finalmente las construcciones de la individualidad que vuelven a manifestarse, a multiplicarse, que vuelven nuevamente a fragmentarse desde su propio nombre. Lo individual contiene lo dual sin haber ya una separación de valor, indivi – dual, por sencillo que parezca subdivide la idea eternamente , haciendo de la imagen la única forma de poder interactuar con las transformaciones y cambios vividos, gracias a que al hacer, al ir ejecutando, los hacedores y sus imágenes establecen un “diálogo”, un intercambio determinado por ambos y establecido desde lo que en ellas sucede y desde lo que pervive en quién les hace; ellas muestran como son y como ha sido esa(e) que les hizo . Son las imágenes dadas los mapas de navegación en la construcción del tiempo y del hombre; nuestras imágenes son como estrellas, cada una todo un universo de espacio-tiempo comprimido y si las juntas, posiblemente serán algo más que un recuerdo. La espera entonces hace que las imágenes aparezcan con el diálogo perpetuo que tienen con quien las aguarda y ejecuta, una mujer hacedora, perneada y membranosa; una mujer hecha imagen aún antes de ser cuerpo, una mujer con todas las descripciones que se tengan, sacras, tontas, radicales, pobres o potentes.

...soy todas y soy esa una, la que no quiero ni mirar, la que miro y me adora... Soy todas, una a una: mis imágenes, estas líneas y los dibujos. Todas y una, palabras de tantas y tantas
horas, sensaciones, sentimientos, pensamientos y emociones. Hago cuando callo y hago cuando hago... también me hago.

Las uniones se presentan como palabras, unas veces predichas y con las letras muy en fila y en su orden, una a una en concatenación, palabra a palabra, y otras cuantas llegan libres bajo la fuerza del azar, señalando, cohabitando; uniones que en el proceso irremediable de la ejecución se vuelven vértices de los cruces, angulitos de trazados definidos donde ocurren las tensiones, donde se desencadenan las emociones. El dibujo es el relato de la memoria de un cuerpo, un fragmento elegido para mirar a través del tiempo. Una huella que contiene impulsos además de las tensiones vitales que incitan al movimiento, aquellas que luchan contra la inercia con su perpetua búsqueda para establecer contacto, esa relación con quién sea su soporte. En la piel son las líneas del tiempo, las decisiones tomadas y las personas amadas, también la?grimas y otras aguas que tallan y devastan así como las proyectadas líneas que prefieren disolverse en el vacío; es insinuar a través de la transformación y el efecto.